Venta de pan

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Con las manos cubiertas de harina, un grupo de niños se apodera de la panadería de Yokohama.

Historia y fotografía de Jack Brockley

“Por favor, acérquense a la panadería”. Los gritos de los panaderos provienen de la panadería Fouquet y suben por la plataforma del tren. “Pan fresco, hecho por niños”.

Los clientes se acercan. Hacen una fila antes que se abran las puertas del lugar. Muchos llegan con bebés en los brazos o en carriolas y otros niños llegan de la mano del abuelo.  Quizás son atraídos por el dulce aroma que colma las calles, cada vez que las puertas automáticas se abren.  Quizás el precio es demasiado bueno: ¡sólo 100 yen por artículo! (Eso equivale a menos de un dólar estadounidense). O quizás ellos escuchan con atención los llamados de las panaderas, un trío de niñas decididas a vender, entre 10 y 12 años, ubicadas en el Hogar de Niños de Yokohama (Yokohama Children’s Home).

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En 1991, el dueño de Fouquet, Seichi Matsushita (izquierda), buscaba una manera de donar las sobras del día.  Alguien le sugirió el hogar de niños.

“Hablé con el director del lugar y se me ocurrió otra idea. Algo que podía hacer por los niños durante los domingos, el día en que descanso”, cuenta Matsushita. “Nada especial. Solo enseñarles a hornear, vender pan y disfrutar del momento juntos mientras hacemos pan”.

La idea fue lo suficientemente especial para que en el 2009, el club Kiwanis de Yokohama reconociera a Matsushita entregándole el premio anual de bienestar social.

Y fue tan especial que los socios quisieron ayudar.

El socio Kiwanis de Yokohama, Masumi Ohara, amasa suavemente un pedazo de masa para mostrarle cómo hacerlo al jovencito ubicado a su lado, que pellizca y pellizca la masa.  “Pellizcas demasiado la masa”, le advierte Ohara.

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Kanami Tsukimura es nueva en el club. Su esposo recientemente se unió a Kiwanis y éste es su primer proyecto. Ella disfruta realmente de esta experiencia. Ella ríe mientras los niños pesan cuidadosamente el queso para rellenar los panes. También ríe cuando ellos rocían semillas sobre los rollos de pan.

“Solía hornear pan”, explica Tsukimura. “Esto me recuerda esos días felices”.

Tsuyoshi Yamaguchi también está feliz. Es evidente su sonrisa calma mientras observa el caos en la cocina.

“Esto le da una oportunidad a los niños de participar en un trabajo social”, dice Yamaguchi, quien forma parte del personal del hogar de niños. “Ellos no tienen oportunidad de hornear pan. Aquí, ellos lo pueden hacer, venderlo e interactuar con los clientes.  Es una experiencia educativa”.

En menos de tres horas, los estantes están vacíos.  ¿Medialunas? No quedan más. ¿Pancitos dulces rellenos con pasta de frijoles y decorados con ramitos de chiles? No quedan más. ¿Pizzas,  magdalenas y las crocantes donuts de pasas dulces?  No quedan más. Ya no queda nada… absolutamente nada.

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